
Andrés realiza unos cursos en el Hospital de San Juan de Dios, donde es testigo de episodios de miseria, desidia y crueldad que le indignan.
Había una mujer que guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que debía haber sido muy bella, con los ojos negros, grandes, sombreados, la nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enferma solía bajar disimuladamente el gato de la cama y dejarlo en el suelo; el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno de los días el médico le vio y comenzó a darle patadas.
-Coged a ese gato y matadlo- dijo... al practicante.
El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecución.
- Y a esta tía llevadla a la buhardilla - añadió el médico.
La enferma seguía la caza con la mirada, y, cuando vio que cogían a su gato, dos lágrimas gruesas corrían por sus mejillas pálidas.
-¡Canalla! ¡Idiota! - exclamó Hurtado, acercándose al médico con el puño levantado.
-No seas estúpido- dijo Aracil-. Si no quieres venir aquí, márchate.
-Sí, me voy, no tengas cuidado, por no patearle las tripas a ese idiota miserable.
Desde aquél día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.
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